En 1790, el escritor francés Xavier de Maistre fue puesto bajo arresto domiciliario durante cuarenta y dos días y decidió, en lugar de lamentarse, escribir un libro sobre el viaje que podía hacerse sin cruzar la puerta de su propia habitación. Lo llamó Viaje alrededor de mi cuarto y descubrió, casi por accidente, algo que cualquier persona agotada de recorrer ciudades sabe de forma instintiva: que quedarse quieto también es una forma de llegar a algún sitio.
Sevilla en verano enseña la misma lección con menos ironía. A partir de junio, la ciudad se convierte en un lugar que hay que saber administrar, y una de las decisiones más inteligentes que puede tomar quien se aloja en Plácido y Grata es, sencillamente, pasar mucho tiempo en el hotel.
Como sevillanos, conocemos bien el verano. También sabemos que muchos viajeros eligen precisamente estos meses para descubrir la ciudad, con todo lo que eso implica. Por eso pensamos el hotel como un oasis donde desconectar, descansar y estar fresco, y no solo como un lugar donde dormir entre una visita y otra. Casi todas las guías recomiendan lo mismo: aprovechar las mañanas para salir antes de que el calor tome las calles.
El resto del día merece la misma atención, aunque casi nadie escriba sobre él. A veces uno vuelve de un viaje agotado, con la sensación de necesitar otras vacaciones para recuperarse del descanso. En Plácido y Grata se busca justo lo contrario, que el descanso y el turismo convivan, para volver a casa con esa sensación de haber estado de verdad de vacaciones.
«Que el descanso y el turismo convivan, para volver a casa con esa sensación de haber estado de verdad de vacaciones.»
Quedarse tampoco significa aburrirse, porque en Plácido y Grata hay muchas cosas que hacer sin salir a la calle. Se puede desayunar tarde en Nido y ver cómo avanza la mañana desde la mesa. Se puede pedir un cóctel sin necesidad de justificarlo con ningún plan posterior. Se puede leer en una de las salas comunes, al fresco de un edificio pensado, hace más de un siglo, para resistir el calor de esta ciudad. Se puede llenar la bañera despacio y dejar que los amenities de Rowse hagan el resto.
Y se puede, simplemente, no hacer nada durante horas y descubrir que ese no hacer nada, dentro de un espacio bien pensado, se parece mucho al descanso de verdad, ese que rara vez se consigue corriendo de un monumento a otro con treinta y ocho grados a la sombra.
Sevilla seguirá ahí fuera, con su calor y su belleza intactos, esperando a quien quiera salir a buscarla. Pero también está permitido quedarse dentro, descansando, y dejar que sea la habitación la que viaje por uno.
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