Es una hora silenciosa, de vapor y de primeras tazas, antes de que la ciudad decida qué clase de día va a ser. Y aunque sea una cafetería alojada en un hotel, es un lugar pensado para la calle tanto como para quien duerme arriba. Transeúntes, vecinos, gente que pasa de camino a otra parte: son ellos, casi siempre, quienes más la disfrutan.
El café de especialidad llegó a Sevilla despacio, de la mano de algunos pequeños tostadores y de un puñado de cafeterías que empezaron a tomarse el grano en serio. La de Plácido y Grata no fue la primera. Pero sí ayudó a que más sevillanos descubrieran las virtudes de una buena taza, de un origen bien elegido, de un café que merecía beberse despacio.
La idea fue de los fundadores del hotel, personas que, además de una pasión declarada por el diseño y la arquitectura, tienen una cultura del café de especialidad que no se limita a la teoría. La viven, la cultivan, la llevan encima como quien lleva un acento. Ese gusto personal, casi privado, se convirtió en oficio. Y ese oficio, con los años, encontraría también su eco en Nido, el restaurante que el hotel tiene justo enfrente, al otro lado de la calle.
Toda cafetería cuenta su propia historia con solo mirar a quien entra por la puerta.
En la nuestra, por la mañana suele llegar gente sola, con un libro a medio leer o de camino al trabajo. Piden un café y ahí se dividen en dos especies: los que se quedan, sin prisa por llegar a ningún sitio, y los que se lo llevan en la mano, rumbo a otra parte, dejando solo el calor de la taza sobre la mesa un instante. Más tarde, el aire del lugar cambia de textura. Llegan parejas que hablan en voz baja, amigos que se han echado de menos sin decírselo y han elegido esta mesa concreta porque saben que aquí nadie mide el tiempo en minutos. Hay vecinos del barrio que entraron una vez sin ser huéspedes del hotel, atraídos solo por lo que habían oído del café, y que ahora vuelven cada semana a la misma hora, casi como un hábito que no decidieron tener.
Hacia el mediodía, o los fines de semana, llegan también las primeras citas, las que empiezan con cierto nerviosismo en las manos y terminan pidiendo un segundo café porque ninguno de los dos quiere ser el primero en levantarse.
Sobre las mesas suelen aparecer ejemplares de Standard, la revista que trata el café con la misma seriedad con que otros tratan la literatura, junto a revistas de diseño y estilo de vida como Kinfolk o Monocle. Están ahí para quien quiera quedarse un poco más, para quien todavía no tiene ganas de volver a la calle.
«Toda cafetería cuenta su propia historia con solo mirar a quien entra por la puerta.»
Detrás de la barra hay personas que conocen y saben todo sobre el café. Baristas que prueban antes de servir y hablan de cada lote con el mismo cuidado con que un sumiller habla de un vino que ha tardado años en estar listo.
La cafetería trabaja con Nomad, un tostador que entiende el origen como algo vivo y cambiante, nunca como una fórmula fija. Uno de los primeros tostadores nacionales que se convirtió en referente del café de especialidad, y en el que llevamos confiando desde los inicios de este hotel.
Llega el verano y Sevilla cambia de paso. El calor obliga a repensarlo todo, incluida la idea del café.
La solución fácil sería resolverlo con hielo y poco más, la fórmula que cualquier cadena aplicaría sin detenerse a pensar. Aquí el verano se piensa de otra manera. La carta de especialidad no desaparece cuando sube el termómetro. Se transforma, pero sin perder aquello que la hizo especial desde el principio.
Quien busca algo más que una bebida dulce con hielo sabe que puede sentarse en Monsalves 4, y pedir un café que sigue mereciendo ese nombre, mientras la ciudad afuera se toma su tiempo en refrescar.
La cafetería de Plácido y Grata está en Monsalves 4, dentro del hotel. Abierta para quien busca un buen café de especialidad, sea o no huésped. Justo enfrente, Nido ofrece la otra parte del mismo proyecto: el desayuno completo y el almuerzo informal.
Tarifa exclusiva en web oficial con bebida de bienvenida