Sevilla tiene la suerte de haber sido ciudad literaria mucho antes de ser ciudad turística. Ha atraído a escritores que llegaron buscando otra cosa y se quedaron sin querer; ha dado a luz a poetas que pasaron el resto de sus vidas intentando volver a ella. Eso deja un rastro. Y ese rastro puede acompañar el viaje de maneras que ninguna aplicación puede imitar.
Estas son cuatro lecturas que hemos reunido pensando en los huéspedes de Plácido y Grata. No son las más conocidas ni las más obvias. Son las que, creemos, cambian la manera de mirar la ciudad.
Antes de llegar
Hay que separar esta novela de la ópera que la hizo famosa. Mérimée no escribió un espectáculo: escribió un retrato. El francés llegó a Sevilla en 1830 con la mirada afilada del arqueólogo (era inspector de monumentos históricos) y la sensibilidad del escritor romántico que sabe que está viendo algo que no durará para siempre.
Su Carmen deambula por calles que aún existen. La fábrica de tabacos donde trabaja es hoy la Universidad de Sevilla: ese edificio enorme y ordenado que sorprende a quien no sabe lo que fue. Leer Carmen antes de cruzar sus patios convierte el paseo en algo distinto. No en una peregrinación literaria, que sería pedante, sino en una conversación entre el presente y el siglo XIX que, de otro modo, no ocurre.
Es una novela corta. Se lee en una tarde. Y deja en el lector una imagen de Sevilla más precisa, en cierto modo, que muchas cosas escritas después.
«Una conversación entre el presente y el siglo XIX que, de otro modo, no ocurre»
El escritor británico Laurie Lee cruzó Andalucía a pie en 1934, con diecinueve años y un violín. El libro que escribió sobre ese viaje, publicado en España como En marcha hacia el alba, tiene una cualidad extraña: la prosa parece hecha de la misma materia que el paisaje que describe. Luz, calor, polvo, el sonido de una lengua que no entiende del todo, pero que le llega por debajo de las palabras.
Lee llegó a Sevilla a finales del verano y escribió sobre la ciudad con esa mezcla de asombro y exactitud que solo tienen los viajeros que van solos y se fían de lo que ven. No busca confirmar nada. Solo mira.
Leerlo antes de viajar a la ciudad no ayudará a preparar el itinerario, pero sí a preparar los sentidos. Y eso, en una ciudad como Sevilla, vale más.
Para leer en el patio del hotel
Machado nació en el Palacio de las Dueñas, en el centro de Sevilla, en 1875. Su poesía temprana —la de Soledades— está hecha de patios, fuentes, tardes largas y esa melancolía específica que produce la luz cuando empieza a retirarse. Es, en muchos sentidos, poesía sevillana aunque no hable de Sevilla directamente.
Hay algo casi circular al leer estos poemas en el patio de Plácido y Grata. El agua, las columnas, el silencio de media mañana: los elementos que Machado convirtió en símbolo están aquí, en concreto, a la vista. Cada poema es breve. Se puede leer uno, dejar el libro sobre la mesa y quedarse mirando. Eso es exactamente lo que pide.
No hace falta ser lector de poesía para que funcione. Solo hace falta paz y, al alojarte en nuestro hotel en Sevilla, eso es lo más fácil de conseguir.
Para llevarte de vuelta
Luis Cernuda nació en Sevilla en 1902 y pasó el resto de su vida sin poder regresar. Salió durante la Guerra Civil y murió en México en 1963. Su obra completa, reunida bajo el título La realidad y el deseo, que fue ampliando durante una década, es, entre otras cosas, un largo duelo por su ciudad. Por la luz de Sevilla, por el Guadalquivir, por los jardines donde fue joven.
Hay poemas en este libro que se leen de manera diferente después de haber estado en Sevilla. Cernuda nombra cosas que el viajero ya conoce: no monumentos, sino sensaciones. La calidad del aire a cierta hora. El peso de una tarde de verano. El silencio de los patios.
Es el libro que conviene abrir cuando ya estás en casa y el viaje empieza a difuminarse. Cernuda lo mantuvo vivo durante treinta años de exilio. Algo sabrá de cómo se hace.
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