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EL HOTEL

LA LUZ DEL SUR, Y EL OFICIO DEL NORTE

La casa señorial sevillana y el diseño escandinavo dialogan en Plácido y Grata a través de la luz, la artesanía y una forma común de entender el diseño.
Detalle de las zonas comunes de Plácido y Grata y como la luz influye en su arquitectura.

Cecilia Böhl de Faber nació en Suiza, se educó entre Alemania y Francia, y llegó a Andalucía ya adulta con un apellido que sonaba a otro clima. Firmó como Fernán Caballero y dedicó buena parte de su obra a describir, con una precisión casi de inventario, la vida dentro de las casas sevillanas del siglo XIX: sus salones, sus cancelas, el modo exacto en que la luz entraba por la reja y se quedaba a media altura sobre el zaguán. Lo curioso es que fue precisamente una mirada del norte, formada en otra luz y otra lengua, la que supo fijar por escrito lo que Sevilla llevaba siglos dando por hecho. Algo parecido ocurre en el hotel Plácido y Grata: dos climas distintos que se reconocen en lo esencial y no necesitan traducirse.

Una casa señorial sevillana del XIX se construía desde la calle: primero el zaguán, después la cancela, la reja calada que anunciaba el patio sin entregarlo del todo, un umbral literal entre lo público y lo privado que era también, no hay que engañarse, un escaparate de estatus. Alrededor de ese centro se organizaban los salones de recibir, los más nobles, y por detrás, ya fuera de la vista del visitante, la cocina y las habitaciones de servicio.

Arriba, si la casa tenía planta alta, dormían los señores, lejos del ruido de la calle. Lo que interesa aquí es lo que rodeaba a ese centro, la secuencia completa de estancias que hacía de una casa burguesa un pequeño teatro doméstico, pensado para una fortuna hecha con el aceite, el vino o el comercio con América que necesitaba mostrarse sin decirse en voz alta.

La luz tenue con los diferentes elementos de las habitaciones crean espacios mágicos en el hotel

La sobriedad bajo el ornamento

 

A principios del XX, cuando Sevilla se preparaba para la Exposición Iberoamericana, un grupo de arquitectos encabezado por Aníbal González miró hacia atrás y reinventó ese lenguaje, dando lugar al Regionalismo sevillano. Se quedó con el ladrillo visto, el azulejo, la forja, el arco de medio punto, y los llevó a edificios nuevos con una lógica muy moderna para su época, la de usar el oficio y el material como identidad. Bajo el ornamento hay una estructura sobria, casi elemental, que resuelve un problema constructivo con los medios más directos posibles. Esa sobriedad también es la clave de todo lo que vendría después.

«Esa sobriedad también es la clave de todo lo que vendría después»

El diseño escandinavo del siglo XX parte de un problema distinto y llega, sorprendentemente, a la misma respuesta. Donde el sur tenía exceso de luz y necesitaba controlarla, el norte tenía escasez de luz y necesitaba capturarla, y ambas culturas acabaron obsesionadas con el mismo material de trabajo. En los dos casos, el oficio manda sobre el ornamento; el material se enseña y no se esconde. Un ebanista de Hälsingland y un rejero de Triana no se habrían entendido en el idioma, pero se habrían entendido enseguida al ver el trabajo del otro.

El mismo material, dos climas

 
Ese fue el criterio con el que Your Living Space Atelier abordó la rehabilitación del edificio. El estudio, con un equipo de arquitectas e interioristas al frente del proyecto, ha jugado con el mobiliario nórdico para adaptar las estancias y espacios y hacerlos acogedores y, sobre todo, cómodos para los huéspedes. El zaguán conserva su función de filtro entre la calle y el interior, solo que ahora ese filtro desemboca en una recepción de líneas limpias.

Los antiguos salones de recibir, hechos para impresionar, se han convertido en salas multiusos y en espacios comunes pensados para relajarse. Las quince habitaciones guardan la proporción y la altura de los techos de una casa que nunca se pensó para alojar viajeros, y ahí es donde el gesto nórdico se nota más, en la manera de introducir la madera de roble, el lino y las piezas de mobiliario de líneas depuradas sin competir con un artesonado o una moldura original.

Lo que distingue este tipo de rehabilitación de una simple operación de interiorismo es precisamente esa negativa a elegir bando. No se ha restaurado la casa señorial para congelarla en 1890, ni se ha impuesto una estética nórdica que la borre. Se ha dejado que las dos lógicas convivan porque, en el fondo, comparten la misma ética de trabajo: material honesto, oficio visible, ausencia de ruido innecesario.

La casa señorial y el diseño nórdico no se parecen porque uno haya influido en el otro. Se parecen porque ambos llegaron, por caminos completamente distintos, a la misma conclusión honesta: que un objeto bien hecho o un espacio bien resuelto no necesita levantar la voz. Fernán Caballero lo habría entendido enseguida. Ella también vino de otro clima y aprendió a leer este sin traducirlo.

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