Lo que casi nadie sabe es que esa misma fruta, la de los jardines del Real Alcázar, viaja cada año a Inglaterra y llega a las cocinas del Palacio de Buckingham, donde se convierte en mermelada para el rey Carlos III.
Lleva haciéndolo desde hace más de ciento veinte años.
A principios del siglo XX, Victoria Eugenia de Battenberg llega a España para casarse con Alfonso XIII. Es nieta de la reina Victoria del Reino Unido. Trae consigo los hábitos británicos, el acento, la nostalgia. Y una cosa concreta que echa de menos: la mermelada de naranja amarga del desayuno. La bitter orange marmalade que en Inglaterra es casi una institución.
Alguien repara en que los jardines del Alcázar están llenos de naranjos. Que su fruta es famosa por su calidad. Y así empieza una tradición que sobrevive a dos guerras, a varios reinados y a más de un siglo de historia compartida entre dos coronas.
Sevilla tiene aproximadamente cincuenta mil naranjos repartidos por sus calles, plazas y patios. Es la ciudad con mayor concentración de naranjos del mundo. En primavera, cuando florecen, el azahar lo impregna todo. Es ese olor que queda en la ropa, que se mezcla con el calor, que muchos viajeros recuerdan como el olor de Sevilla.
Pero el naranjo sevillano no es el naranjo de zumo. Es amargo. No se come en fresco. Su destino es otro: la piel para licores y perfumes, el azahar para infusiones, la fruta entera para mermelada. Mermelada que, en su versión más ilustre, termina en una tostada en Buckingham Palace. En Plácido y Grata lo sabemos bien: el patio huele igual en enero, cuando los naranjos están cargados y la ciudad todavía duerme.
«muchos viajeros lo recuerdan como el olor de Sevilla»
Cada año, miles de viajeros británicos llegan a Sevilla. Pasean por el Alcázar, fotografían los jardines, se sientan bajo los naranjos. Muy pocos saben que esa fruta que tienen sobre la cabeza guarda un vínculo directo con su propia tradición del desayuno. Que quizás la mermelada que untaron en casa antes de coger el avión puede haberse hecho con naranjas de esos mismos árboles.
Es el tipo de cosa que cambia cómo se mira un árbol. O un patio.
En Plácido y Grata, el patio tiene naranjos. No son los del Alcázar, y su fruta no viaja a ninguna corte. Pero pertenecen a la misma tradición, al mismo árbol que lleva siglos definiendo el paisaje urbano de Sevilla. Cuando te sientas aquí por la mañana, con el café en la mano, estarás dentro de esa historia sin saberlo.
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